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LA MÁQUINA QUE NO QUIERE ESCRIBIR SU FINAL

Hace unas semanas cerró en La India la Godrej and Boyce, la última fábrica de máquinas de escribir en el planeta azul. ¿Habrá dejado de ser útil en la Lima de cabinas de internet y “tipeos” al paso el viejo teclear de estos armatostes asociados a escritores y periodistas? (Publicado el lunes 06 de junio en el semanario Variedades, del diario El Peruano).


Guillermo "Guachi" Delgado, enseñándole a su nieto a amar las máquinas de escribir.
Foto: Alberto Orbegoso, semanario Variedades.



ESCRIBE: José Vadillo Vila


PRIMER MAQUINAZO
La esquina de los jirones Paruro y Leticia servirá como laboratorio de cultivo de la historia posmoderna, de la lucha entre las tecnologías "obsoletas" del siglo pasado versus las bondades -dizque insuperables- de los bytes del digitalizado siglo XXI.

Leticia cuadra 9 mira hacia el futuro con arrogancia y desde la berma. Los vendedores ambulantes ofertan mouses, modems, pecés, uesebés y monitores, casi al peso, desde carretillas o en plásticos al suelazo. Mientras los monitores pantalla plana y "cases" astronáuticos sonríen como vedettes desde las vitrinas de esas casas devenidas en galerías tecnológicas.

El lado oscuro de esta luna tecnológica sería la 12 de Paruro. Junto a las casas de instrumentos musicales, donde bulla y armonía cantan al unísono, unas desvencijadas máquinas de escribir miran el pavimento con humildad, anunciando así que no han muerto, sino que esperan quemar su último cartucho.

SEGUNDO MAQUINAZO
"La máquina de escribir tiene para rato todavía", augura Guillermo Delgado hijo, uno de los pocos vendedores de estos armatostes que continúa en el rubro en esta cuadra con nombre de provincia cusqueña. No le entra al debate de las nuevas tecnologías versus las antiguas ni ocho cuartos. Lo sabe al ojo. Vive de vender y reparar máquinas de escribir, desde hace una década, trabajando codo a codo con su progenitor, Guillermo "Guachi" Delgado, de quien aprendió el rubro.

No sólo los nostálgicos y coleccionistas llegan por aquí buscando las viejas máquinas sino que la utilidad sigue siendo el teclear de esos artefactos del siglo pasado. Delgado tiene clientes de provincias, los hay personas naturales, empresas e institutos. Pero también se usa mucho la máquina de escribir en Lima, cibernético lector: En las oficinas sigue siendo el favorito para llenar facturas y recibos. Y los padres de familia las compran para que sus hijos aprendan a tipear.

Claro, el factor precio sigue dándole una ventaja comparativa frente a la pujanza de las nuevas tecnologías, y si bien una Remington quiet-vitar de 1920 puede valer su precio en oro para los coleccionistas, hay Olivettis y Olympias medianas y chicas, desde los 30 soles y las cintas, indispensables para ese teclear, desde 3 nuevos soles.

Raúl Mego deja enfriar su menú entre dos máquinas de escribir. Trabaja de lunes a sábado en un stand de la galería 440 del jirón Cusco donde además de las máquinas en ciernes, también arregla relojes de control de personal, calculadoras y faxes. Curiosamente el edificio donde labora fue de los distribuidores de las máquinas Olympia, hasta que se mudaron a la avenida Arequipa y luego desaparecieron del mapa. Mego lo sabe porque antes vendía y reparaba máquinas en forma ambulatoria al frente de la calle.

Dice que desde finales de los noventa, las ventas de máquinas de escribir y las reparaciones de las mismas, han disminuido en más de ochenta por ciento. Aunque igual que Delgado da testimonio que vende bastante a provincias, sobre todo a los Andes y la Amazonía y también clientes limeños.

Sería cosa de locos volver a usar máquinas de escribir, irse como el salmón a contracorriente, pero eso sonido del teclear ha sido el sound track de su paso por tantas redacciones, asociada a tantas bromas que se jugaban los hombres de prensa...

 
TERCER MAQUINAZO
Parece que la justicia suena mejor bajo la melodía de estos armatostes. Porque tanto frente al local de la Fiscalía de la Nación de la avenida Abancay como a espaldas de la Corte Superior de Lima -el antiguo edificio ministerio de Educación- los tipeadores con sus máquinas rehúyen tanto al devenir de la historia como al pesado periodista que quiere saber desde cuándo están en el oficio.

Algunos, antes de huir al anonimato, con sus máquinas bajo el brazo, responden que el shock, a inicios de los noventa, los forzó a tomar máquina, papel carbón y hojas bond como herramientas de sobrevivencia. Cobran 3 soles por redactar documento y tienen su clientela. Las jovencitas que tipean en PC cobrarán su 1.50 soles, pero lo hacen sin amor, en cambio ellos tienen en su cabeza un disco duro que les permiten darles soluciones en materia de redacción y hasta de tinterilladas a gusto del cliente.

Hablando de tipear, con duda digital preguntamos si es verdad que algunos institutos de secretariado enseñan a máquina de escribir, y la respuesta es afirmativa. Tanto en "IPAL" como el "Margarita Cabrera" por mencionar algunos, las chicas aprenden en el primer módulo a digitar en la máquina de escribir, luego pasan a la máquina electrónica y finalmente a la computadora. No se escandalice, nos dicen. Uno, les permite aprender a digitar mejor y otra, ante la adversidad de un corte de fluido eléctrico, no quedarse limándose las uñas, sino que ya podrán sacar la máquina de escribir y seguir chambeado.

CUARTO MAQUINAZO
El siglo XX dejó testimonio del acto de amor entre escritores y máquinas de escribir. Pero no murió la flor, como dirían Los Ángeles Negros. En 2005, el escritor norteamericano Paul Auster escribió La historia de mi máquina de escribir, sobre la obsesión de un pintor sobre la máquina de escribir de un escritor. Claro, lo hizo Auster, que ama el teclear de su Olympia y tiene repugnancia por las pecés.

Nuestro poeta mayor de la prodigiosa Generación del 50, Carlos Germán Belli, accede al teléfono. El maestro cuenta que sólo extraña de su costumbre de escribir a máquina el hecho que gran parte de su vida intelectual el teclear acompañó a su creatividad. Si bien ha dejado la máquina de escribir de lado "porque es un aparato en desuso", sigue escribiendo el "arranque" de sus poemas a mano y los "remata" a computadora porque "es un medio flexible y favorece la corrección ampliamente. En cambio corregirlo a máquina tomaba muchas horas; y era mucho más tedioso".


Fastidio con la idea de si la máquina de escribir le ha dado algo de ritmo a su escritura. "Tácitamente, tal vez debe haber aportado algún compás, pero nunca me he puesto a reflexionar sobre eso", me dice, el amable poeta. Y sólo hace el acápite que no cree que si la computadora hubiera existido con anterioridad hubiera escrito más que en la actualidad, no, señor.

PUNTO FINAL
Otro oficio íntimamente relacionado con las teclas, es el periodismo, cómo no. Raúl Fernández pertenece a la generación de hombres de prensa que vivió el paso del mundo analógico al digital. Trabajó en El Peruano en 1991, cuando se envió al museo los linotipos y el diario más antiguo del Perú pasó de la era del plomo a los offsets.


Para él, las redacciones periodísticas tenían relación directa con el obsesivo teclear de las máquinas de escribir, sobre todo ese murmullo que se avivaba mientras se acercaba la hora de cierre de los periódicos; a los 60 golpes por líneas y 20 líneas por "carilla"; cuenta historias de periodistas que entraron en pánico cuando se empezó a adaptar en los medios peruanos las hoy ya cotidianas pecés.

"Antes no se podía condensar las letras. Lo que mandaba era el número de golpes y líneas, nada más, sino el diseñador te cortaba sin pena. Ahora, todo es ipso facto para los periodistas, el trabajo es más sencillo para los periodistas, se puede hacer ajustes en el diseño, se puede transmitir noticias desde el celular, pero a veces se olvidan de la calidad de información", dice Fernández.

En casa, a veces le da por teclear la Remington que heredó de su padre o su "carachita" como llamaba con cariño a su Olivetti brasilera de cuatro kilos, que lo acompañó fielmente, como un escarabajo Volswagen haciendo comisiones por todo el país.

Claro, sería cosa de locos volver a usar máquinas de escribir, irse como el salmón contracorriente, pero eso sonido del teclear ha sido el sound track de su paso por tantas redacciones, asociada a tantas bromas que se jugaban los hombres de prensa como cambiarte el orden de las teclas, quemarte las "carillas" o trancar la máquina con un lapicero. Ahora las redacciones son más rápidas, pero le parecen aburridamente silenciosas. Es sólo nostalgia por una máquina que no quiere escribir (aún) su adiós.

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José Vadillo Vila
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