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LOCURAS DE UN LUTHIER

En más de 50 años de carrera, el constructor de guitarra Germán Falcón, hijo del fundador de la dinastía que lleva su apellido, no sólo ha fabricado guitarras sino que ha innovado y creado nuevos instrumentos. (Publicado en el semanario Variedades del diario El Peruano, el lunes 27 de junio de 2011)

 
Germán Falcón en su taller, en La Victoria. Fotografía de Oscar Durand, agencia de noticias Andina.

ESCRIBE: José Vadillo Vila.-


1. A veces, por las noches, las guitarras empiezan a trinar solas. Y tocan bien. Germán Falcón las escucha desde su cama. ¿Espectros de músicos? No, sonríe ante la ignorancia, es un efecto del cambio de temperatura: baja la presión de la atmósfera y un instrumento empieza a vibrar. "Por simpatía", el charango "llama" a la mandolina, a la guitarra, y ahí empieza la jarana en su taller, en la esquina de García Naranjo con la tres de Huascarán, en La Victoria, donde este Falcón de oído perfecto ha trabajado siempre. "Y tal parece que voy a acabar acá", sentencia. Otras veces, también, le han molestado fantasmas. "Hay que creer que son almas de clientes que reclaman me piden una guitarra", bromea ante la duda metafísica.

Aunque los grandes, como Jaime Guardia, Raúl García Zárate, Rafael Amaranto, Pepe Torres, Juan de Dios Rojas, lo han buscado para probar sus inventos y algunos lo conocen como "el científico de la guitarra"; otros lo han calificado de orate. También le decían loco a Orestes, su padre, ese ebanista ayacuchano que ideó herramientas para la creación de guitarras, que igual que él se desveló por años investigando y hoy su apellido es asociado en el Perú con los instrumentos de seis cuerdas. Hoy, Orestes, que reposa en su modesta eternidad, no sólo es considerado el patriarca de los luthier Falcón, sino de los fabricantes de guitarra made in Perú.

Cosa de locos, Orestes nunca fue el más beneficiado en lo comercial del apellido. El mayor de los cuatro hermanos Falcón sólo se dio el lujo de hacer terminar la universidad a sus 6 hijos. "Casi nunca es bueno cuando uno tiene cierta personalidad de artista. Siempre hay que ver lo comercial", reflexiona ahora Germán sobre su vida y la de su padre.

Con sus tres hijos, este vecino victoriano que ama la música criolla y también comió suculentos gatos, ha tratado de crear cuadros para seguir la escuela de la fabricación de guitarras. Sólo el segundo de sus hijos, Roger, que es arquitecto, ha heredado su pasión y la del abuelo. Pero Germán le ha aconsejado que no se dedique a investigar tanto, que ya no hay mucho qué investigar y se dedique a hacer dinero. El deseo de don Germán siempre ha sido enviar sus esquemas técnicas a España y China, para crear guitarras de calidad y también populares. Ahora les ha pedido a sus hijos que tomen esa alternativa, que eso va a favorecer a la evolución de la guitarra, insiste.

Aunque cuatro de la familia Falcón aún son cabezas de taller, Germán Falcón, de 63 años, tiene pena porque dice que es una dinastía que después de entregar las mejores guitarras al Perú, se está acabando. "La familia ha sido muy reacia a las renovaciones. Otro punto en contra es que somos muy conservadores, no avanzamos por temor, por la duda y el desconocimiento", opina.



2. "Hago guitarras desde que nací" me dice y la frase parece una exageración. Empero, a los cinco años Germán Falcón ya se sentaba en la carpeta que le construyó su padre y hacía sus tareas escolares mientras su progenitor, Orestes, trabajaba con las maderas. Ha dicho también que a los siete ya hacía réplicas en miniatura de los muebles que fabricaba Orestes o que antes de la pubertad ya dominaba el oficio de la construcción de guitarras. Por eso, a los 16, ya podía llamarse "un experto".

Aunque hacían guitarras bellas, siempre recuerda a los guitarristas criollos probándolas y repitiéndole a él o a su padre, que un acorde estaba fallando, "¿escuchas, Falconcito?". Y como todo famoso luthier, no sabe tocar guitarra. Entonces la obsesión se volvió estudio con apellido científico. Comenzó a indagar buscando el fundamento académico a la construcción de guitarra para superar el problema del cálculo de entrastadura que atormenta a todos los constructores de guitarra en el globo. Con esas dudas ingresó a estudias ingeniería civil en la UNI, y recuerda que esos cursos de acústica le cayeron como anillo al dedo. Ahí empezó a obsesionarse con el estudio de la vibración de cuerdas y la de la caja de resonancia, dos fenómenos diferentes para entender el sonido en una guitarra cualquiera. También empezó a estudiar las dimensiones del diapasón, que debe de curvarse a partir del traste 12, me dice, para evitar las famosas disonantes, de las que se quejan seguido los guitarristas.

Puedo decir que logré mi meta. No batallé en vano. Se ha cambiado la forma de pensar de los constructores de guitarras, ahora hay mayor investigación y posiblemente mis hijos continuarán. Me siento realizado en lo que siempre quise hacer y completé lo que hizo mi padre".
3. Entre las capas de polvo, martillos, punzones, escuadras, serruchos y formones sueñan con la viruta, esperando que nuevamente el luthier los tome, pero Falcón está "jubilado teóricamente" desde hace seis años. Cansado, cuenta, porque ser inventor en un país pobre no es cosa fácil: se divorció por eso que llaman incompatibilidad de caracteres. "El problema de los inventores y los artistas es que mucho están en su mundo, y una dama no tiene siempre que entender su comportamiento. Así es la vida".

Ahora su taller también parece el panteón de las nuevas tecnologías: cerros de cadáveres de laptops arrimados junto a mandos de guitarras inconclusas. Hablan de su nuevo pasatiempo: la reparación de artilugios electrónicos. Porque algo que lo define es la curiosidad: aprendió a reparar laptops mirando en la Cachina, aunque ama las IBM, dice que se queda con las MAC, lo sabe, porque las ha abierto para conocer los secretos de su eficiencia.



4. "Puedo decir que logré mi meta. No batallé en vano. Se ha cambiado la forma de pensar de los constructores de guitarras, ahora hay mayor investigación y posiblemente mis hijos continuarán. Me siento realizado en lo que siempre quise hacer y completé lo que hizo mi padre".

En Indecopi, don Germán es un caserito. Tiene patentados 10 inventos originales. De su taller extrae los prototipos del "cajón polífono", al que no le han dado mucha bola los cajoneros del criollismo. "Lo han probado pero ellos sólo acompañan. No les sirve. Este instrumento es para los percusionistas que buscan y sacan diversas notas al cajón". Su cajón, junto con el de Alex Acuña, es de los dedicados a ese rubro de buscadores sonoros.

Su "guitarra de paleta isodinámica" es una "evolución" de la guitarra clásica. Es, cuenta, el "eslabón perdido" que faltó en la evolución entre las guitarras con clavijero de madero y aquellas populares con clavijero de metal. La suya toma las cualidades del ángulo de las cuerdas del primero con una curvatura en la "paleta" (donde se entorchan las cuerdas para afinarlas) para que cuando toque un acorde el ejecutante impongan la misma fuerza.

Claro, sabe que se necesita que los ejecutantes se acostumbren. Faltan años. Otra búsqueda en su más de medio siglo dedicado a la guitarra fue la invención de la "guitarra armónica", cuyos trastes parecen desiguales, rotos a lo largo del diapasón, pero dan mayor seguridad al acorde (también en esa línea, creó el "charango armónico"). Con esa guitarra fue premiado en Suiza. En sus viajes a Europa siempre le ofrecieron quedarse y nunca lo hizo porque es muy sensible, dice, porque no quería dejar a sus hijos solos, dice, quería que terminaran la universidad. "Creo que debí quedarme, porque había más comodidades para investigar. Pero no todo es dinero, mi idea siempre fue la creación". Y la ausencia de instrumentos en serie, de grandes vitrinas en su taller, confirman su obsesión.

Nos alcanza otra creación suya, el "charango dúplex", un instrumento con una sola caja de resonancia y dos mástiles. Por un lado, es un charango de cinco cuerdas, tipo ayacuchano, de sonido más barítono; y por otro, un charango puneño de 10 cuerdas. Busca facilitar a los charanguistas eso de estar cambiando de instrumentos en el escenario. Pero su favorito es "el metroluthier". Se trata de una "regla patrón" que sirve para entrastar correctamente desde un diminuto charango hasta un guitarrón. Ya tiene un prototipo para comercializar. Sólo falta el empresario atrás.



5. Germán Falcón dice que no creado la guitarra perfecta. Pero tampoco le molesta no hacerla. "Ya di una base, un apuntalamiento, escuela en general". Ahora un cáncer terminal lo tiene sentenciado. Ha dejado las reuniones sociales. El médico le ha dicho que tiene seis meses de vida y ya ha descontado dos. "No sé cómo actuar", dice, aunque habla con fluidez y aparenta estar bien. Él sabe que la salud ya no es la misma. "Quisiera morirme y aparecer en otro sitio", dice. ¿Le teme a la muerte, maestro? Hace una pausa: "No; a los malestares. El final de esto es muy bravo, ninguna droga me va a aliviar", y me cuenta que es una cosa familiar, que todos sus tíos paternos murieron de cáncer y está preocupado en que sus hijos prevengan. Y la muerte le jode más que cualquier guitarra con distorsión o un músico desorejado. Le llena saber que siempre las innovaciones no se asimilan inmediatamente, sino que toman años o décadas. Y tal vez esté dejando a sus hijos una mina de oro que la mente de un hombre elucubró en esta esquina de García Naranjo y Huascarán. Sólo el tiempo y los guitarritas lo dirán.

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