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Él rugía valses

Homenaje. El cantante chiclayano Panchito Jiménez, “El León del Norte”, es la voz masculina más peculiar de la música criolla. Con valses, marineras y huainos conquistó los siete mares de la peruanidad.

(Publicado en El Peruano, el 17 de noviembre de 2007)

Texto: José Vadillo Vila

Cuando “El León” tomaba el micrófono, un rugido singular asaltaba desde el fondo de su garganta, abriéndose paso entre los contrapuntos de las guitarras. Era un canto de barítono sazonado con falsetes y la picardía del dejo norteño. Entonces la jarana empezaba, con golpes de buen cajón, como dice la canción.


Sí, Panchito Jiménez Fernández rugía, no cantaba, valses. Por eso, su compadre José Lázaro Tello –gigante de los micrófonos, quien puso los nombres artísticos más memorables– lo bautizó como “El León del Norte”, dizque por la singularidad y fortaleza de su canto. Lázaro, si resucitase, sabría que no se equivocó.

“La gente me decía, ‘pero si en el norte no hay leones’, ¡cómo que no hay!, ¿y el puma?”, bromea el cantor este mediodía limeño en el sofá de su casa de urbanización Los Cipreses, donde desde vive hace 37 años. La sala y el comedor están adornados con trofeos, diplomas y fotos que recuerdan su grandeza vocal. Varios leones de fantasía, que sus admiradores le han regalado, cuidan la morada.

Cuando lo bautizaron como “El León del Norte”, Panchito iniciaba su carrera como solista tras los años al volante de Los Trovadores del Perú y Fiesta Criolla. ¿Le gustó el apelativo? “Aunque uno no le guste a uno, tiene que aguantar”, sonríe pícaro.

Este criollo de 87 años de edad dejó de rugir valses y marineras hace dos o cuatro años. Y se disculpa por la falta de precisión en las fechas, porque “lo primero que uno olvida a esta edad son los almanaques”.


De Chiclayo a la palestra
Francisco Julián Jiménez Fernández (prefiere siempre obviar su segundo nombre) se inició como cantante en Chiclayo, la tierra donde se acuesta uno, amanecen dos y se hacen tres, como reza el dicho.


Soltaba sus gallos con los grupos de su barrio El Porvenir. Profesionalmente se inició cuando “a los 15 ó 16 años de edad” participaba en los diversos concursos de radio Delcar, la OAX norteña. “Ahí cantaba música peruana, huainitos del norte, marineras y valses. Mi fuerte eran los valses”.
Una vez, recuerda, ganó “un billete colorado de 10 soles”. Nos grafica: en ese momento histórico servía para comprarse dos pares de zapato marca Águila, y te sobraban como dos soles más. Otros tiempos.

Un día se dijo, me voy pa’ Lima y por el año “mil novecientos cuarentaitantos” ya era la primera voz de Los Trovadores del Perú, reemplazando a Javier González. En el conjunto conoció al “chino” Oscar Avilés, con quien escribirían luego páginas importantes del criollismo.

Los Trovadores fueron de gira hasta Oruro, Bolivia, donde se disolvieron. Panchito decidió probar suerte, y estuvo siete años “andando” entre Bolivia y la Argentina. “A la fuerza” tuvo que aprenderse huainos y taquiraris que el público le exigía.

Degusta el recuerdo de esos años como una etapa muy buena de su vida. “No me quejo, se ha paseado uno muy bien”. En La Paz recibió un correo de Avilés, quien lo invitaba para que vuelva a Lima. Panchito, que ya quería regresarse, tomó sus maletas y se vino. Así, ese 1957, fecundaron Fiesta Criolla.


De Fiesta al “León”
Para los conocedores de la materia, Fiesta Criolla pertenece a la última gran generación de conjuntos de la música costeña urbana. Integrado con Avilés y Jiménez a la cabeza, el quinteto sólo duró nueve años, entre sus dos etapas. Tiempo suficiente para llegar a la eternidad.
Con sus presentaciones en las radios y canales de la época, grabaciones de discos que se multiplicaban como maná del cielo, el conjunto pasó a la historia por ese vals hecho para bailar en fiesta perpetua.


Luego, Panchito empezó su larga etapa en solitario. Su esposa, la monsefana Consuelo Llontop Chafloque, hija de la dueña del histórico Rinconcito Chiclayano, lo acompaña hace casi cuatro décadas. Ella no canta pero por años se sentó con él a escuchar juntos las canciones para que aprenda bien las letras.

Hacemos un paréntesis para preguntar si dedicarle si la música toda la vida ha sido bueno. “No se ha ganado grandezas, pero uno se ha defendido. Antes a uno, por ejemplo, le pagaban para grabar, ahora los pobres los muchachos tienen que pagar para grabar”, explica.
Por algo, don Panchito agradece que ninguno de sus cinco hijos heredó su vena artística. “Ellos trabajan”, bromea. “Es muy difícil es la vida del músico, hay que tener mucha suerte”.


Cantata y fuga
Hace un par de años, este devoto de la Cruz de Motupe y el Señor de los Milagros se alejó definitivamente de los escenarios por problemas con la presión alta, aunque insisten en que vuelva a rugir en los escenarios.

Ya no frecuenta a los amigos de antes, a las serenata y las peñas, que no son como las de su tiempo, “¡qué vamos a comparar, hasta la gente era otra! Además, ya cansa, pe”. Tampoco se manda su tanganazo de pisco para afinar la garganta.

Son otros tiempos, los cantantes modernos “hasta saben música”. Él lo aprendía todo al oído y nunca supo rasguear una guitarra, aunque grabó tantos discos que olvida el número. Sólo en sus más 60 años de servicios profesionales a la peruanidad se ha cuidado la voz evitando cosas heladas y poniendo límite a las jaranas.

No le gusta quejarse. Dice que el Estado le ha retribuido “un poquito”. En su primer gobierno, Alan García les dio trabajo a algunas figuras del criollismo. Así, se hizo profesor de música del colegio Hipolito Unanue, lo cual le valió para que se jubilara hace nueve años.

Cada mediodía, don Panchito prende el equipo de sonido y le da vida escucharse esas canciones que inmortalizó. Empero, le preocupa que muchos cantantes grandes estén retirándose. Opina que si no se escuchan buenos cantantes y compositores es porque la música extranjera que está matando todos los géneros musicales nacionales.

“Los extranjeros saben de qué pie cojeamos. ¿Te has dado cuenta de que el cantor peruano tiene una cosa extraña, siempre comienza por lo extranjero? ¡Cuántos se reían de los huainos, de la música de los negros, que son tan bonitas, y ahora están de moda!”.

No cree eso de que la música criolla vaya a morir. “No va a morir porque no se la puede botar de su casa”. Pero si a veces parece que este género musical sufre de ataques al miocardio, eso, denuncia el artista, se debe a los cantores y los extranjeros, siempre.


“Toda la música peruana es muy bonita. En mis inicios cantaba huainos. Hasta el último quise seguir cantándolos, pero no me dejaban. No ves que dicen que somos criollos, y que los criollos no cantan huainos”, ironiza.


Claves sobre “El León”
1. Nació en la calle Calzoncillos, barrio de El Porvenir, Chiclayo, el 29 de enero de 1920.
2. Hijo de cajamarquina y motupeño, fue el mayor de nueve hermanos, entre ellos el compositor Manuel “Zorro” Jiménez, quien lo hizo grabar el único bolero que ha cantado Panchito. Es padre de cinco hijos. Su sobrina es la bolerista, “Vicky Jiménez”.
3. En 1940 llegó a Lima integrando La Rondalla Chiclayana, con la que se presentó en la Feria Regional del Campo de Marte.
4. Inmortalizó el vals “Mal paso”, grabándolo con el conjunto Fiesta Criolla y en solitario.
5. Recorrió todo el Perú. Hizo giras por Bolivia, Argentina y Trinidad y Tobago. Nunca llegó a Estados Unidos.

Compositores
Cuando todavía Eva Ayllón andaba en pañales, Panchito Jiménez descubrió a la audiencia “Mal paso”. Dos veces registró el vals de su paisano Luis Abelardo Núñez, “tan bueno con la guitarra como para el trago”. Grabó otros temas del entrañable “chino” Abelardo, entre ellos los exitazos “Embrujo” y “Sacachispas”. Empero su compositor favorito es Pablo Casas, tal vez porque los unías el estilo llorón.


Oficio de cantor
Sobrio en su terno, el cantor filosofa con conocimiento de causa sobre su oficio con las cuerdas vocales. “Hay cantores que son malos pero gustan, ¿a qué se deberá, no? El público de antes, su público, era más exigente, no perdonaba. A mi amigo, Rómulo Varillas, varias veces lo botaron del escenario a punta de pifias, y el negro ahí, insistía, hasta que aprendió a cantar bien”.

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