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Acto de soledad

Guillén y su gato, en su casa del distrito limeño de Pueblo Libre. Foto: Diario El Peruano/José Vadillo Vila.

Con 75 años de edad y 53 de carrera en las tablas, al actor y director Edgar Guillén le acompañan sus recuerdos. Cuestionarse la existencia y la actuación le permitieron darle fortaleza a los unipersonales, donde dictó cátedra. (*)

Texto y foto: José Vadillo Vila

1. Hace tiempo que Guillén no aparece en las páginas culturales. Estira sus manos huesudas, su amable cara de sonrisa larga; saluda. Se excusa, pero "a estas alturas de mi vida ya he perdido la noción del tiempo; me gusta no estar al día con la fecha", dice. Serán entonces dos o tres años que cerró el ciclo de hacer teatro en su casa, en Pueblo Libre. Fue una larga temporada, llena de aplausos, de obras y personajes, de charlas sobre su quehacer, que inició el 13 de noviembre de 1993. Cuando cerró el telón, sintió la liberación. Entonces empezó a viajar, a presentarse en locales alternativos.  
        Ahora acaricia a "Misha", la gata egipcia que ronronea y se adormece sobre los muebles de la sala donde ayer hubo gentes de toda Lima; que se transformaba cada fin de semana en un escenario donde podían entrar hasta 85 personas, que tomaban las escaleras como palco, el piso como preferencial, las sillas como zona popular. 
        Cuando dejaba las mascaretas de Fausto, de Ricardo III, de Federico-Federico, de Sarah Bernhardt, él pasaba el sombrero. La única consigna era que no suene lo que daban. Había gente que sólo traía aplausos.

2. Decir unipersonal es casi un sinónimo de Edgar Guillén. Sonríe, dice que no, que en Grecia, Tespis se subía en los carromatos que arrastraba por la calle y pasaba el sombrero luego de actuar con sus máscaras. Y en el Perú hay otros, pero eso sí, nadie lo ha hecho por tantos años como él.
        Elegir unipersonales no fue un acto gratuito, no fue probar una técnica. Para Guillén fue el resultado de una introspección personal. Eran inicios de los ochentas, ya muchas tablas dentro y fuera del Perú había recorrido Edgar Guillén y se preguntó: "¿Qué hago en el teatro?". "Y cuando empecé a descubrir qué hacía en el teatro, empecé a sentirme muy mal". "Misha" se lame indiferente, decide irse un rato, Guillén por entonces dictaba talleres aquí mismo, en casa, y un terapeuta que trabajaba con él se lo dijo: "Edgar, tú eres un cobarde; tú no eres capaz de vivir tu vida y vives en el teatro". Fue el golpe más duro que le dieron.
        Entonces Guillén se unió a su amigo Mario Delgado (director del grupo Cuatrotablas) y ambos lanzaron una obra experimental, "Los viejos papeles", que rompían moldes, casi una denuncia; no esperaban los aplausos, se iban del teatro. A cada uno les sirvió para definir el porvenir artístico.
        Así descubrió los unipersonales y borró la cuarta pared; el interesante universo de trabajar con uno mismo; de elegir el repertorio que, en su caso, eran obras relacionadas con su propia vida... De ser obsesivo por el teatro.

Edgar Guillén fue el invitado especial del Cuarto Encuentro Internacional del Barranco-Teatro (In)visible. Estrenará el unipersonal Hecuba el 11 de octubre en la ciudad del Cusco y luego en Arequipa.

3. Ahora Guillén es un hombre de 75 años. Casi un lobo estepario (reconoce que ha tenido "pocos pero estupendos amigos", pero su único libro, Memoria de mi memoria, se la dedicó a su perrito Osito, ya desaparecido). Mas continúa con ese motor que desde joven lo hizo artista independiente, artista que cosechó aplausos por el mundo.
        La mayoría de esos años (53), los ha dedicado al arte. ¿Valió la pena el camino de la independencia, del arte? "Un poco que sí -dice sin dejar de sonreír-. A veces me he cuestionado el no haber tenido anteojeras y descubrir otros aspectos de mi vida. Prioricé el teatro de una manera absoluta: todos mis movimientos, hasta ahora, son por el teatro... Cuando eres un actor romántico, dices que el teatro es la vida misma; pero cuando ya racionalizas, te quedas a pensar, a filosofar".
        Guillén monologa, su mirada se vuelve algo melancólica. "Estoy solito. Absolutamente solo. Descuidé por el teatro cosas primordiales como el afecto, el amor, la relación, porque yo he sido obsesivo y con el tiempo he dado la razón al terapeuta". Vuelve esa sonrisa, hay una pausa: "Y afrontas: Mi vida fue el teatro, fue mi pareja, mi todo, porque fui en exceso pegado al teatro. Todo fue en torno al teatro".
        En Wikipedia, su nombre está citado como el pionero del teatro de temática homosexual en el Perú, y él se ríe con ese humor que aprendió del teatro inglés, que tanto ama, que tanto ha traducido. El hombre que fue católico y hoy no cree en Dios, porque de existir evitaría todas las crueldades, que tiene en cabecera a Chejov, a Shakespeare; que hizo una sola película que hasta hoy no se puede digitalizar; que hizo un puñado de comerciales para la televisión; espera el retorno de "Misha". "No me queda más que ser amigo de la soledad", me dice mientras sus manos huesudas se alargan para despedirse de mí.
- ¿Y la soledad?-, le preguntaba siempre el desaparecido crítico Hugo Salazar.
- Bien, va a mi casa y dormimos a piernas sueltas-, sigue respondiendo hasta hoy Edgar Guillén. Y hasta parece sonreír.   


EL ACTOR Y LA RED

Si bien ha hecho comedias, Guillén cree que lo trascendente en la actuación va por otro género. "Yo siempre me he tomado un gran tiempo para ensayar, crear un gran texto... Pero esa actitud se ha perdido en la vorágine comercial; algunos compañeros lo hacen, pero para otros, la cosa es mecánica", dice Guillén, que de joven admiró a James Dean, Marlon Brando y Lawrence Oliver y que ahora tiene, por fin, laptop y celular y hasta más de mil amigos en las redes sociales.

(Publicado el viernes 27 de setiembre de 2013, en el semanario Variedades, del diario oficial El Peruano)

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Foto: cortesía de Luis Gonzáles Taipe
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