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¡Aquí nació el criollismo!

A propósito de los 75 años del Centro Social Musical "Felipe Pinglo Alva", creado a la muerte del "Felipe de los pobres", una mirada a la tradición de estos centros donde el criollismo surgió y se hizo vena popular. (Publicado en el semanario Variedades, del diario oficial El Peruano, el lunes 9 de mayo de 2011)

ESCRIBE: José Vadillo Vila



LA MEMORIA EMBEBIDA
Sólo habían pasado seis días desde que el vate que rehizo los valses limeños a su manera, partió a los Cielos y su cuerpo al Presbítero Matías Maestro. Sus acongojados amigos de jaranas se reunieron y crearon en su honor el Centro Social Musical "Felipe Pinglo Alva". Porque al autor de "El huerto de mi amada" la fama le llegó postmortem. Antes sólo admiraban sus amigos barrioaltinos a este compositor que no escribía partituras; tocaba la guitarra con la zurda y mal; cantaba pésimo y apodaban el "tumbalafiesta" por sus valses melancólicos, que luego lo harían famoso tras dejar el mundo en una cama del hospital Dos de Mayo, claro está.

El primer presidente del CSM Pinglo fue Pedro Espinel, compositor, futuro "rey de las polcas" y padrino de los dos hijos que tuvo el creador de "El Plebeyo". Su primer local funcionó en los Barrios Altos. Y ahí permanecería hasta la década del cincuenta cuando por un desahucio -digámoslo elegantemente- pierden el local y se mudan a la cuadra tres del jirón Leticia, que era casa de Juan Álvarez Calderón. Éste cede la sala y comedor y se muda al segundo piso para que el alma pinglista siga viviendo.

Roberto Salinas, periodista de larga data y ex jaranero, cuenta que la época de gloria del CSM fue cuando pasan al local de la avenida Abancay, donde se darían las mejores jaranas en honor a Felipe Pinglo Alva (1899-1936) y otros compositores de la música urbana. Pero el devenir ha seguido y el local centro musical llegó a funcionar hasta en la asociación Gudalupana, de ex alumnos del colegio de la avenida Alfonso Ugarte.

Para el hombre de prensa, la vida itinerante del Pinglo fue la más singular más no sui generis ya que otros centros musicales también funcionaron de esa manera. Ahora el CSM Pinglo tiene un nuevo hálito de vida en el 305 del pasaje Olaya 110, a un paso de la Plaza Mayor de Lima. Desde el año pasado, el presidente del Pinglo es otro creador también mayúsculo del criollismo, Manuel Acosta Ojeda.

Sosteniéndose en el poyo de su sabiduría, el popular MAO dice que eso de que Lima es criolla y ama a Pinglo como al Señor de los Milagros, es de la boca para afuera. Para muestra la vía crucis de los centros musicales criollos, muchos, por años, tuvieron que sobrevivir haciendo "frijoladas" y así solventar los gastos mensuales y, ay, no seguir muriendo.

Otro criollo de pura sepa, don Lucas Borja, director del emblemático trío los Romanceros Criollos, dice que más allá de mulitas de piscos, vinos y las frijoladas con seco, en los centros musicales siempre está la inquietud de los amantes de lo nuestro, a pasar su legado musical de generación en generación.




Más allá de mulitas de piscos, vinos y las frijoladas con seco, en los centros musicales siempre está la inquietud de los amantes de lo nuestro, a pasar su legado musical de generación en generación...

¡VAMONOS PARA LA PEÑA!
Acosta agrega que los centros musicales, como el Carlos Saco (que surgió el año 35) o el Pinglo, que nace un calendario más tarde, se hacen conocidos cuando no quedan suscritos al puñado de amigos del compositor finadito que se reúnen en una salita de casa prestada para recordarlo, sino que ya son 30 ó 40 muchachones, que ya no entran en la casa prestada; quedaba chica la botellita de pisco y las dos guitarras; y tampoco era el fin recordar, sino jaranear. "Se cantaba el Himno Nacional, se llora, ¡Felipe Pinglo Alva, presente!, se pone la placa, el retrato, y a tomar y cantar", resume el compositor.

Lo que Salinas y Acosta Ojeda concuerdan es que las peñas criollas le hicieron un daño terrible a los centros musicales, le dieron en la yugular del buen gusto. En estos "restaurantes disfrazados de peñas", como les llama MAO, "se empieza a vender frejoles con apanado; hay concesionarios que venden licor y por lo bajo cocaína; y dos guitarristas, cantor y cajón. Ya no se canta al difunto sino se arma la jarana porque los señores han ido a alegrarse no a recordar a un negro, a un cholo que no conocían". Acota el maestro Acosta que ahí también empieza el debacle del universo criollo.

Cita el caso del CSM Carlos Saco, famoso porque el 18 de octubre de 1944, el presidente Manuel Prado desde su balcón decreta la creación del Día de la Canción Criolla (y ese 31 de octubre virginal será recordado por la jarana tremenda que armaron los del CSM Pinglo en el Parque Universitario). Ahí eran habitúes figuras como Las Limeñitas y los hermanos Ascues. Entra un presidente "visionario", Juan Manuel Carrera, "un poco chiflado", precisa MAO, y muda el CSM por el jirón Puno. Lo hace un boato con 16 salones y dos pianos, "una elegancia impropia del tipo de gente que iba a escuchar. Muchos veían la alfombra, la comparaban con sus zapatos y se iban". Pero el "Carlos Saco" fue muy concurrido por la clase alta limeña. Su debacle empieza cuando aparecen peñas como "El Parral" en el Rímac, donde iban músicos A1, por las buenas pagas.

Salinas ataja el penal. Dice que tampoco, tampoco. A las peñas también llegaba el "populorum" (una entrada costaba alrededor de veinte soles actuales y con derecho a un par de tragos cortos), básicamente porque llegaban los grandes artistas criollos, que llegaban porque recibían su bolo, decíamos, mientras que en los CSM todo era "a lo sport boys", gratis.

La peña de música criolla más antigua fue el Fina Estampa, en la avenida Arenales, y apareció en 1963, pasa el dato don Roberto. Ahí se celebró el cumpleaños número 40 del guitarrista Oscar Avilés. Había variedad, y los jueves podías escuchar música negra (rebautizada como afroperuana) con don Porfirio Vásquez y sus hijos. En realidad cada local tenía su día: Los viernes eran exclusivos del CSM Pinglo y a media cuadra funcionaba el CSM Tipuani. El centro musical Inca funcionaba los miércoles y la peña El Cambalache Negro, en la 12 de Isabel La Católica, funcionaba los jueves. Ya para el año setenta la oferta se dispara. Así convivían en un momento histórico con la peña La Valentina, también en La Victoria, los centros musicales Bocanegra, Saycope, La Unión, Domingo Giuffra (creado por Avilés y Juan Álvarez Alarcón). Y la jarana, que empezaba a las nueve de la noche, sólo terminaba cuando uno le ponía "stop").




TERCERA VIDA
Criollísimo Salinas agrega que un daño igual o mayor propinado a los centros musicales, al del surgimiento de las peñas, fue que poco a poco se perdió la popularidad de esta música: "Ni radios ni televisión difunden la música criolla y son pocos los jóvenes que la siguen".

El romancero don Lucas Borja cree que el problema va más allá: los nuevos valores que tienen palestra cantan lo mismo para correr mejor suerte cuando les evalúen y no con canciones casi desconocidas, tienen miedo a renovarse.

Los tres, sin embargo, concuerdan que hay una nueva jornada de jóvenes curiosos por rescatar un repertorio que vaya más allá del que cantan las señoras Eva Ayllón y Lucía de la Cruz. Jóvenes comandados por el guitarrista Renzo Gil y cantantes como Carlos Hidalgo y Carlos Castillo, muy animados en conocer más del repertorio de la Vieja Guardia y de los compositores postPinglo; de rescatar el legado musical en arreglos y picardía de otros creadores del criollismo. Bendita música.

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José Vadillo Vila
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