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Sonidos del alma

En la tierra de los artistas, Ayacucho, existe desde hace más de medio siglo la escuela de música Condorcunca, que salvaguarda el arte musical tradicional de esta región; además, sus 20 profesores preparan a los futuros artistas del folclor peruano con una dedicación única y especial. (Publicado el lunes 24 de enero en el semanario Variedades del diario oficial El Peruano).


Escribe: José Vadillo Vila / Foto: Jessica Vicente

Un ruido de sillas, de atriles, de voces, de acomodos se filtran por los micrófonos; se suman a la bulla nocturna de los vendedores del jirón 28 de julio, a solo media cuadra de la plaza de Armas de Ayacucho o “Rincón de los Muertos”, en quechua. Los transeúntes, de todas las edades, de todos los bolsillos, van haciendo un semicírculo frente al atrio de la iglesia La Compañía de Jesús, que se ha convertido, solo iluminada con las luces amarillas de los postes, en el escenario para los 23 integrantes de la banda de músicos de la Escuela Superior de Música Pública Condorcunca de Ayacucho (ESMPCA), que bien afinados, profesores y alumnos, se lanzan contra sus instrumentos a la orden del maestro Efraín Navarro.

El menú es variado como una radio FM: bien afinados, regalan polcas, valses, huainos, baladas contemporáneas y hasta una melodía virreinal. Un par de turistas gringos se emociona y sigue con el mismo aliento todo el recital. El respetable aplaude, mientras algunos registran en sus celulares para colgarlo en el Youtube o el Facebook.

“La gente piensa que solo hacemos música folclórica, pero tenemos un repertorio muy variado”, explica Tulio Soto Alvarado, director de esta escuela de música. Tienen un pequeño y antiguo auditorio, pero prefieren hacer los conciertos de sus elencos (la banda de músicos, la estudiantina, la orquesta de cámara y el coro polifónico) en el atrio de La Compañía, en el teatro Municipal y en cuanto espacio alternativo les acerque al público.

Condorcunca es el nombre del cerro colindante con la pampa de Quinua, lugar donde en diciembre de 1824 se libró la Batalla de Ayacucho. Para los diputados que en 1956 aprobaron la creación de esta institución, creyeron que era el nombre más adecuado para esta institución encargada de preservar la música folclórica.

El local de la ESMPCA debió ser en un momento un ala de la iglesia La Compañía y luego acondicionado como espacio para el arte. Se trata de un ambiente antiguo de techos altos, donde, a la entrada, hay un pequeño santuario para Santa Cecilia, la patrona de los músicos. En la oficina del director, la imagen de César Bedoya Vera tiene un lugar especial. El músico limeño llegó en 1957 a Ayacucho con la misión de fundar la ESMPCA.

Él vino con la idea de enseñar las técnicas de la música académica, pero se dice que en la historia de la Condorcunca hubo presiones de la gente, de los artistas para cambiar esta visión; así, el arte popular ayacuchano finalmente ganó su espacio en estas aulas. “Ahora, enseñamos como técnica la música europea y la música ayacuchana como identificación”, cuenta el director.


CUNA DE ARTISTAS

Como muchas entidades del Estado, la historia de la ESMPCA sería mejor con un mayor capital. Llevan una década haciendo transcripciones a las partituras, arreglos y armonización de la música tradicional ayacuchana, pero por falta de fondos este trabajo no se ha podido publicar.

Y hablar de música del “Rincón de los Muertos” no es cosa fácil. En su libro ¡Chayraq! Carnaval ayacuchano, la etnomusicóloga Chalena Vásquez explicaba lo difícil que era transcribir estas melodías por sus “adornos”, cuyas “caídas”, justamente, le dan riqueza. O Javier Echecopar, al trasladar los arreglos del guitarrista Raúl García Zárate a la partitura también transcribió solo algunos “adornos” básicos para que los guitarristas académicos entendieran. Por esta dificultad, la norma es primero ejecutar los huainos así, limpios, para conocer los ritmos, y luego con la partitura, como un referente.

Cuentan también con producciones de discos, con música selecta ayacuchana, con música navideña andina, que distribuyen limitadamente y hay mucho más material por producir, explican.

Mientras conversamos con Tulio Soto, alguien insiste en un piano sobre la misma línea melódica, una y otra vez. Es Edgar Yupanqui, un chico del cual sus profesores dicen que promete bastante. La enseñanza en el Condorcunca es individual. Hay más de veinte profesores y 160 alumnos de formación docente, temprana y básica. Temprana, para los niños; básica para los jóvenes que están en quinto de secundaria o han terminado el colegio (los hermanos Gaitán Castro y el cantautor Ángel Bedrillana recibieron esta formación). Y los otros estudian la carrera de Profesor de Educación Artística con mención en música. La familia Sulca es una de las más prolijas en músicas y sus hijos han estudiado en el Condorcunca, también.

Pienso que la mayor demanda musical de esta ciudad es la guitarra, porque hasta antes de los años de la violencia terrorista, Ayacucho estaba acostumbrada a las serenatas. Me equivoco. Tiene igual demanda que los que quieren especializarse en piano y violín. Aunque la mayoría de los alumnos que buscan un trabajo rápido se inclina por el saxofón, el clarinete, la flauta travesera, la tuba bajo, el trombón.

“En Ayacucho, los 365 días hay fiesta, sea en la ciudad o en el campo, por eso el mercado laboral está en los instrumentos de viento”. Y muchos egresados del Condocunca también integran bandas o son profesores de bandas en los colegios. Los pianistas y violinistas encuentran trabajo en las misas; también forman parte de diversos conjuntos de música popular.

Si bien ahora las cosas son mejores, y los alumnos que egresan tienen el grado de bachiller (antes solo egresaban como profesores), todavía muchos alumnos vienen contra la voluntad de sus padres. El perfil actual es que más del 90 por ciento de los estudiantes proviene de la parte rural de Ayacucho, donde no han recibido educación musical, lo que hace más lento el aprendizaje. “Muy pocos vienen de la ciudad.

Los chicos alquilan sus cuartos y se autosostienen para cumplir su sueño de ser músicos. Porque a la mayoría sus papás no les ayudan, porque quieren que sean ingenieros, doctores”, me comenta Soto.

CENTRO MUSICAL

Explica que Ayacucho puede ser una ciudad musical, pero no hay empresas que auspicien el trabajo musical de la escuela. Salvo los pianos y unas guitarras, los jóvenes traen sus propios instrumentos de viento. Y como para resaltar la importancia de la música ayacuchana, la ESMPCA ha tenido también alumnos extranjeros. Uno de ellos, un canadiense, estudió un año en la escuela y publicó un trabajo sobre la guitarra ayacuchana y sus seis afinaciones.

Pero la ESMPCA tiene esperanza en otras notas. La AECI va a presentar un proyecto para modernizar el local y crear un auditorio con todos los requerimientos actuales, que inclusive la ESMPCA puede alquilar para tener ingresos propios y hacer las actividades.

La puerta de entrada del Condorcunca es un portón colonial, y la meta de la AECI es empezar a refaccionar y modernizar el local a mediados de este año, construir un sótano y dos pisos más. Se espera que se apruebe el expediente técnico y, de ahí, a ejecutar las obras. Con eso, otra será la nota de la ESMPCA, la vieja Condorcunca.

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José Vadillo Vila
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