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La otra procesión


1. 

La muerte viene con soundtrack. Del “Amor eterno” que canturreaba en falsete el finado Juan Gabriel, al “Madre” que la “Diosa Hermosa del Amor”, Dina Páucar, entona al límite del llanto, secundada con arpa y timbal. La muerte tiene su banda sonora y ayer, Día de Todos los Santos, no hubo cementerio en el país que se respete, donde faltase música, sea “en vivo” o en su comprimida versión MP3. 

Del vaso de espumante cervecita que le gustaba al abuelo cuando de joven zapateaba al ritmo de Estudiantina Perú a la media res de pisco acholado que tomaba el papá del compadre Iván. Y la familia eleva el llanto a la enésima potencia ante la tumba del padre ausente cuando llega el estribillo de “Caballo viejo”, en inconfundible versión del cubano Roberto Torres, tan peruana desde tiempos del elepé. 

Las tradicionales celebraciones en los cementerios este año tuvieron una variante en Lima: los efectivos de la Policía cuidaban el ingreso de las bebidas espirituosas. ¿Se erradicará esa costumbre de brindar ante la tumba del ser querido? Solamente el tiempo lo dirá. 

2. 

De la magra y casi poética flor blanca al ramillete multicolor, el Día de Todos los Santos es un común denominador para fisgonear las singularidades con que cada familia recuerda a sus muertitos. 

Atraviesan las puertas de los cementerios de la gran Lima, las ollas envueltas en bolsas y telas de mercado donde duermen los mejores arroces con pollo de la temporada. Y el cebiche es de pescado de carne blanca, que el yerno ha sudado para encontrar en el terminal pesquero de Villa María del Triunfo, porque así le gustaba a la madre de su señora, que en paz descanse y de Dios goce. 

3. 

Tiempos del zancudo choro, de cerca, observan la escena los promotores del Ministerio de Salud recomendando innovaciones a la concurrencia: mejor deposite arena húmeda en los floreros. El agua, ya fue. Y los policías ponen los ojos para evitar que los vivos se aprovechen de los dolientes visitantes. 

Por comodidad, algunos llevaron banquitas plegables porque serían varias las horas. Viudas, hijos, nietos, bisnietos, se reunían en el perímetro rectangular de la tumba en cementerio-jardín (los de bolsillos más pudientes) o bajo el marco del nicho en cuartel con nombre de santo (lo más ajustados). 

Cementerios limeños como El Sauce, en San Juan de Lurigancho, o el de Nueva Esperanza, en Villa María del Triunfo, traen ecos de la arquitectura en los cementerios de provincias (uno de los más vistosos es el cementerio de San Pedro de Ninacaca, a 40 kilómetros de la ciudad de Pasco, donde lápidas y tumbas lucen como pequeñas réplicas de capillas, iglesias, colegios, ambulancias, etc.). 

Esto es lo que nos trae esta otra procesión, la del 1 de noviembre. Tiempo de recordar a los seres queridos. Amén.

(*) Publicado el miércoles 2 de noviembre de 2016 en el Diario Oficial El Peruano https://goo.gl/qXLgGH 

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