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Rosa, la disciplina de la fe


En la vida de la primera santa de América, Santa Rosa de Lima, se impuso el ayuno y el sacrificio para encontrar su propio camino de elevación espiritual.
Escribe: José Vadillo Vila
Fotos: Archivo Histórico del Diario Oficial El Peruano

Era la bendita sor Rosa de Santa María. Era la beata de la tercera orden dominica. Era sierva de Dios. Nunca pecó mortalmente. Amaba a Santa Catalina. Fue la hija de Gaspar Flores, de la compañía de los arcabuceros del virrey, que vino desde Puerto Rico; y también corría por su torrente sanguíneo ADN huanuqueño.

Nació el 30 de abril de 1586 en la calle Santo Domingo, a espaldas del hospital del Espíritu Santo y tuvo nueve hermanos. Murió el 24 de agosto de 1617; dos años después, en 1619, su confesor, P. Pedro de Loaysa, publicó Vida de Rosa de Santa María, en el que se cuenta su vida y es un librito de poco más de 150 páginas que se vende como pan caliente cada 30 de agosto, cuando miles de feligreses recuerdan a la primera santa de América, patrona del Perú, el Nuevo Mundo y Filipinas, y, en territorio nacional, patrona de la Policía.

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En capítulos cortos, Loaysa habla de su vocación (que empezó a los 5 años, cuando hizo suya la oración ‘Dios sea bendito, y en mi alma esté’), de la obediencia que tenía a sus padres. Y que a los 6 o 7 años empezó a ayunar, una acción vista hoy como polémica, por el daño que ocasionaba a su organismo, que marcaría su vida, una vida de santos.

Desde los 15 años hizo ‘voto condicional’ –obligada por sus padres, sacerdotes y médicos– de no comer carne y solo alimentarse de pan y agua. “Testifican sus confesores que muchas veces se desayunaba hiel, y en particular los viernes, la tomaba en imitación a Cristo”. “Ocho años antes de su muerte llegó a tener tanta abstinencia que se pasaba ocho días sin comer, solamente sostenida con las especies sacramentales”, escribe el confesor.

También desde muy niña reemplazó la cama por tres maderos, con los que evitaba la comodidad del colchón. Más que dormir, iba a la cama a tener más dolor.

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Se confesaba a diario, y ya antes de tomar los hábitos de Santo Domingo, Rosa de Santa María empezó a tener “las espaldas amorotadas y llagadas” por el exceso de azotes que se ejercía cada noche en su casa. “De esta suerte venía a cumplir, en cierto tiempo, los 5,000 azotes de Cristo Nuestro Señor.” Además, llevaba una cadena de hierro adherida al cuerpo y exprofesamente perdió la llave del candado para que nadie se la quitara.

“Tenía la cabeza lastimada y apostemada”, escribe Loaysa, principalmente los viernes, porque la futura primera santa de América se ponía una corona de espinas de plata, de 90 puntillas.

Ella había declarado a su confesor que si bien sentía la unión con Dios, también sentía a diario una hora de pena. “Era tanta su aflicción y tristeza de verse a oscuras, en aquella soledad, que de ninguna manera se podía explicar.”

Todos aquellos sacrificios de fe eran para tratar “como el perro merece” al demonio que le tentó con “infinitas pendencias”. Loaysa dice que recibió “favores y mercedes de Nuestro Señor en visiones imaginarias e intelectuales”, como cuando el Niño Jesús, sin palabras, solo mirando su imagen, le dijo: “Rosa de mi corazón, sé mi esposa.”

Cuatrocientos años después de su muerte, la tecnología ha permitido conocer en estos días el rostro real de la santa limeña a partir de la tomografía en tres dimensiones que realizó un equipo de odontólogos forenses de la Universidad San Martín de Porres y del Equipo Brasileño de Antropología Forense y Odontología Legal sobre el cráneo de Rosa de Santa María.

Publicado el domingo 30 de agosto de 2015 en el Diario Oficial El Peruano http://www.elperuano.pe/Edicion/noticia-rosa-disciplina-de-fe-32398.aspx#.VeXnfPl_NBc

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