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Higa y el complejo mundo marginal

Escribe: José Vadillo Vila 
Foto: Vidal Tarqui y Archivo Fotográfico del Diario Oficial El Peruano

“Entonces, llorando, arrodillado, clamando al cielo y al infierno, solamente susurraba para sí mismo: «¡La belleza existe! ¡La belleza existe!». Katzuo Nakamatsu había ingresado al kenshō, el satori, la visión de la naturaleza esencial.”
Katzuo tiene alrededor de 58 años de edad. Profesor universitario, viudo, de padres japoneses. Vive en prolongación La Mar, El Porvenir. Nació alrededor de 1940 y ha vivido la fuerte discriminación contra los japoneses. Cuando observa los brotes de los sakuras en el Parque de la Exposición, contrario a una reacción de belleza, siente una pulsión de muerte. Se convierte en un hombre dual. Se enajena. Escuchará voces. Vestirá una gabardina larga tal vez como Martín Adán o Etsuko Untén y deambulará por ese universo apellidado La Victoria.

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Tal como sucede en su novela La iluminación de Katzuo Nakamatsu (reeditada por el Fondo Editorial de la Asociación Peruano-Japonesa), Augusto Higa Oshiro suele colocar a sus personales en el distrito donde Alejandro ‘Manguera’ Villanueva es epítome del héroe. Una urbe marginal que en boca del autor limeño se vuelve lirismo de alto nivel.
–No asumas la marginalidad como carencia de dinero –me recomienda Higa–. Tómalo como una complejidad que está ahí. Con contradicciones culturales. Es el mundo que yo he conocido, La Victoria, El Porvenir, La Parada, El Agustino… No te olvides de la clase media en Santa Catalina, Balconcillo, Apolo. Y detrás de La Parada están los comerciantes “gamarrinos”. La Victoria es un mundo muy complejo, nada homogéneo. Era la puerta de entrada de los migrantes andinos. Y también están los criollos. Es un área rica en complejidades y contradicciones.

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Por esas avenidas deambula Katzuo Nakamatsu. “Deambular, según Walter Benjamin, es una característica de quien está en el margen, atravesando lugares y épocas, a la vez que cuestiona sentidos comunes. Augusto Higa, en sus personajes que deambulan, revela las restricciones que la cotidianidad normaliza y entremezcla el tiempo con el espacio”, escribe Miguel Ángel Vallejo en un texto incluido en la edición de la APJ.
Su personaje sufre la “doble marginalidad”. Porque también es niséi, descendiente de japoneses, en un barrio de criollos. Es decir, tiene formación occidental, latinoamericana. Y en su crisis empieza a escuchar voces. “Es esquizofrénico, tiene cierta paranoia, junto con la cual aparece una crisis sexual y moral”. Suma un personaje rico, a través del cual Higa habla también de las condiciones de los hijos de los japoneses.
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“La experiencia japonesa le permitió a Higa Oshiro repensar su literatura y encontrar su lugar en la narrativa peruana como escritor niséi. Por eso La iluminación de Katzuo Nakamatsu representa una nueva etapa en las ficciones de Augusto Higa, ya que después de regresar de Japón el escritor asumió que los personajes marginales, pasivos y suburbiales que contemplaban la violencia cotidiana de las calles tenían sus ojos mas no su voz”, reflexiona el escritor Fernando Iwasaki en otro texto introductorio de la novela.
“Yo tengo otros libros y hay cosas a las que quiero mucho”, responde Higa, restando importancia a las lisonjas de sus colegas. Me habla de “Corazón sencillo”, cuento incluido en su libro La casa de Albaceleste (1987). Le tomó mucho “afincar” escena por escena, “palabra por palabra”. Es la historia de un hombre que, finalmente, volará. El protagonista es un inmigrante andino que trabaja al final de la cadena de empleados del Ministerio de Educación, humillado a lo largo de su vida, enferma, envejece y regala unos caramelos a unos niños antes de irse volando por los cielos.

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Augusto Higa sostiene que su personaje representa uno de los tipos de niséi. No hay denominador común al respecto. “Ha habido no solo una serie de mestizajes, culturales y raciales que, finalmente, cuando Japón es derrotado en la Segunda Guerra Mundial, ya no había cómo regresar y se define el nikkei. O sea, la imagen de los japoneses en el Perú se define con la guerra”.
Otro personaje, Etzuko Utken, es un ultranacionalista japonés que no se dejará, hasta el día de su muerte, de aguardar en el Callao el barco que recogerá a todos los japoneses y los devolverá al Nihon.
A los 20 años, Augusto Higa sabía que tenía que hacer una novela sobre japoneses, pero demoró 30 años para escribirla. “Porque ni las condiciones de los 60 ni de los 70 eran las adecuadas. La población peruana nos reconoce como peruanos a partir de los 80, más o menos; antes éramos japoneses”.
Demoró hasta que se sintió “maduro”. “Ya escribo mejor, ya sé contar. Digamos que el cuidado de la prosa, la vocación poética, ya están tan metidas en las otras obras”, dice. Iwasaki coloca con justicia a La iluminación… junto con las grandes novelas breves latinoamericanas, como Miss Giacomini, Pedro Páramo, Aura y Crónica de una muerte anunciada.
Higa indica que se demora mucho en encontrar “la trama de la primera escena”. Le sucede lo mismo con las siguientes escenas. Que el ensayo testimonial Japón no da dos oportunidades (1994) fue “el peor negocio”: vivió cerca de 18 meses en Japón y luego año y medio de escritura. “A pan y agua; fue recontramal negocio”.
–¿Ha cambiado mucho su visión sobre la literatura desde el primer libro que publicó?
–No. Yo parto del esquema de Julio Ramón Ribeyro, quien dice que la literatura tiene una función, la de conocerte, rebelarte, darte una imagen de la realidad, una fracción, en fin.
–¿Hacia dónde va su narrativa?
–No, pues, ya tengo 69 años y prácticamente estoy en el otoño de mi vida. Los años gloriosos de mi aprendizaje fueron los 60, los 70, con el boom latinoamericano, con los grandes autores norteamericanos y las escuelas europeas. Y en mi generación, Gregorio Martínez, Roberto Reyes Tarazona, Carlos Calderón Fajardo, crecimos y realizamos una obra que era una continuación de lo que hacían Ribeyro y Vargas Llosa: realismo social afiatado en las clases populares. De esa educación, yo ya no puedo escaparme. Es una correa de fuerza.
–¿Y qué lee hoy Augusto Higa?
–Leo literatura peruana actual solo para darme cuenta de qué tendencias hay. En la literatura ya no hay nada nuevo por descubrir. Entonces, digamos, vuelvo a libros, a la Biblia, literatura española, y como tengo un amplio espectro de intereses, a la filosofía. Estoy leyendo una historia de los Barrios Altos del profesor Alejando Reyes Flores.
A la mitad del libro uno recién se entera de que el narrador de La iluminación es un personaje amigo de Katzuo, pero, a la vez, la novela tiene múltiples narradores, como si fuese una legión bíblica. “Tenía que ser un peruano, para dar la imagen de hasta qué punto los japoneses nos hemos peruanizado. Y que nuestros problemas son cotidianos como los de cualquier vecino”.
Iwasaki dice que Higa da la imagen literaria que no tenían antes los niséi o nikkei. “No tengo por qué hacer de defensor de los japoneses. Yo no soy su relacionista público en el Perú. Simplemente, ingreso a las contradicciones humanas y sociales que se están dando en este tipo de personajes”.


Publicado el 12/09/2015 en el Diario Oficial El Peruano. 

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