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Guardianas de los bosques


Escribe: José Vadillo Vila

1.
Cuando María Témpora Pintado fue teniente gobernadora de su pueblo, unos hombres cubiertos con pasamontañas le dejaron en las paredes de su casa un rosario de balas. Era una advertencia: ella se atrevió a detener una carreta con cargamento ilegal de carbón de algarrobo. María pagaba así el precio de ser guardiana del bosque.

Llega algún forastero a las inmediaciones del caserío de Tejedoras Bajo, en el distrito piurano de Tambo Grande, y son las mujeres las que están atentas, le preguntan qué hace, a dónde va, qué quiere. Ahora que hay un boom de las pollerías y el carbón de algarrobo es muy preciado, existen inescrupulosos que llegan con botellas de plástico repletas de petróleo para derramarlo en los árboles y secarlos rápidamente; después los extraen o matan a las aves.

“Nosotras tenemos que estar atentas porque el bosque es nuestra fuente de vida”, dice María, viuda desde hace una década. Tiene cinco hijos y dos nietos, es dirigente y produce algarrobina y mermelada, en asociación con treinta señoras de Tejedoras Bajo. Pueden criar ovejas, cabras y abejas, todo gracias al bosque seco.

No llegó a terminar la primaria, pero tiene fuste. A los 58 años de edad es coordinadora general de la Federación Nacional de Mujeres Campesinas, Artesanas, Indígenas, Nativas y Asalariadas (Femucarinap), una de las organizaciones convocadas para el proceso de consulta previa de la reglamentación de la Ley Nº 29763, la Ley Forestal y de Fauna Silvestre.

“Es muy bueno [el proceso] porque nunca, desde que tengo uso de razón, se nos ha preguntado para reglamentar una ley. Nos servirá para no dejarnos engañar por esas empresas que con el cuento de que tienen una concesión barren con todo”, recalca.

Le gusta que la normativa incluya la asistencia técnica, porque con el cambio climático en los algarrobos está apareciendo una suerte de “yeso batido” que empieza a secarlos desde la punta.

2.
“A nuestros bosques se les veía como zonas de saqueo de productos naturales, de plantas, semillas, fibras, mariposas; ahora, con la reglamentación, se promoverá la capacitación de pequeños empresarios, todo con permiso y de manera sostenible”.

Beatriz Caritimari (49 años) pertenece a la Organización Nacional de Mujeres Indígenas Andinas y Amazónicas del Perú (Onamiap), vive hace 21 años en Balsa Puerto, poblado de la provincia de Alto Amazonas, Loreto, a dos días en bote de Yurimaguas.

En la Selva hay otra mirada sobre el bosque, el monte, recuerda. “No mezquinamos nuestros bosques, no somos perros del hortelano, nosotros pensamos diferente, puedo hacer mi chacra ahí donde me corresponde, donde mis abuelos trabajaron. No tenemos un sueldo. No necesitamos mucho, el bosque nos provee. Es nuestro mercado, es nuestra farmacia. Nosotros no podemos vivir sin el bosque, y el bosque, sin nosotros, sería silencioso”.

Balsa Puerto tiene 16,000 habitantes y todo se produce al natural, pero ahora ven cómo el cambio climático les afecta, las playas donde antes se sembraban los arrozales pueden desaparecer de un momento a otro, todo se ha distorsionado, y eso les preo-cupa.

Zimi Chota (28) vive en el vecino distrito de Jeberos, en Alto Amazonas, y espera que el reglamento tenga sus aportes. “Estamos haciendo un bien pensando en nosotras y en los que vienen”.

3.
“Este año, por la escasez de lluvias, se han quemado nuestros bosques y ahí perdimos nuestra flora y fauna; perdices, zorrillos, inclusive osos han emigrado o han muerto quemados”.

Esther Bellido (45), campesina y madre de cuatro niños de la comunidad de Pacucha, a orillas de la laguna del mismo nombre, en la región Apurímac, dice que los propios comuneros queman también los árboles con la idea de que atraerán las lluvias o para ampliar sus chacras, pero el fuego se expande con el viento y puede durar inclusive una semana y se perjudica el bosque.

Pero este es el mal menor. Esther está preocupada por la forma cómo actúan los mineros artesanales: “Están cavando huecos y los bosques se contaminan; ya no son bosques y no volverán a producir, se matan las plantaciones y los animales empiezan a migrar. El bosque nos sirve, nos da medicamentos, alimentos. Nada es renovable: en los jardines, las plantas no crecen como debe ser ni los animales en jaulas, no es como en su ambiente natural”. Es su mensaje, palabra de guardiana de bosques.


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José Vadillo Vila
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