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Mil oficios de altamar


En un buque de guerra, hombres y mujeres cumplen varios roles: además de las maniobras militares, cocinan, lavan y limpian. Conozcamos un poco de la vida en el "Cazador del mar", BAP Quiñones.

José Vadillo Vila.-
Fotos: Juan Carlos Guzmán 

La oficial de mar tercera Eliana Campos en los motores del BAP. 

El soundtrack, la música de fondo que acompaña las misiones en alta mar de una fragata misilera como el BAP Quiñones, bautizada como el 'Cazador del mar', es el sonido de los motores y turbinas. De día y de noche. Acompaña los sueños, mientras las literas se mecen al ritmo de las olas, de los nudos en la velocidad, allá en los habitáculos de los oficiales, de los oficiales de mar y del personal subalterno, y también está omnipresente durante las tareas que se hacen en las guardias de cada seis horas.

Pero el sonido de los motores no es monocorde. “Los motores, en cualquier momento, te dan una sorpresa y pasa”, dice la oficial de mar tercera Eliana Campos, quien tiene el oído afinado para detectar estos cambios y saber que se deben revisar los niveles de agua, que de repente algo se aflojó. También es indispensable tener buen tacto, me dice, para detectar si se elevó un poco la temperatura y la máquina pide algo de aceite o, más bien, hay fuga del líquido viscoso. Campos –aquí todos se tratan por apellidos– es la única mujer encargada de los motores en el Quiñones (y es una de las 27 mujeres de la dotación de la nave). Ya va dos años a bordo de este buque, que llegó desde Italia en 2007. Mejor dicho, dos años en las profundidades de un buque de guerra.


El buen yantar
Afuera, el mar, el invierno. Adentro, el calor, el balanceo del mar. “Atención al personal”, es la frase que se repite por los parlantes cuando se va a dar una orden. Los parlantes son ubicuos, no hay espacio donde no resuene su voz. A veces dicen: “¡Zafarrancho!”, y es un simulacro que mueve a todos. Después, están las órdenes cotidianas de rancho o que habrá agua durante cinco minutos.

El agua aquí es un bien sagrado. Hay una máquina de ósmosis que transforma el agua salada del mar en agua dulce para lavarse, bañarse con agua fría y caliente. Hay también tanques de agua dulce y el agua de mar se usa para los baños.

Suavemente, un MP3 bota alguna canción del Gran Combo de Puerto Rico. El oficial de mar Toribio Guerrero está vestido de blanco, como si fuese a jugar tenis. Igual viste su ayudante, el oficial de mar Saavedra. Guerrero lleva año y tres meses en el Quiñones, y Saavedra, cinco meses. Guerrero, cuando está en alta mar, a las diez de la noche empieza a amasar los más de 600 panes que consumen cada día las más de 120 personas que trabajan en la fragata misilera. A las cinco de la mañana, Guerrero y su ayudante tienen que empezar a sacar los panes horneados listos para la ranchería en la camareta de oficiales, las de oficiales de mar primero y el comedor de la tripulación.

Miguel Cardoza es el técnico de logística. Tiene que saber cuántos días se van a la mar para organizar los productos y el rancho: desayuno, almuerzo y cena. En ese universo de pasadizos y escotillas, los tres frigoríficos se encuentran un par de pisos más abajo que la panadería. Cardoza se acomoda los lentes mientras nos lleva a ese, su frío reino. Ahí se almacena el pescado a 30 grados bajo cero, las carnes y los pollos a menos 15, las verduras a menos 5. Sí, una fragata misilera no es un vehículo turístico, no se puede detener a pescar, salvo excepciones, cuando se apagan los motores, que no es lo común. Por eso, el pescado se lleva frío para variar un poco la dieta diaria.

Walter Espinoza sonríe también acompañándose con una radio MP3. Es segundo oficial de mar y cocinero principal del Quiñones. En este buque de la Marina lleva un año. Desde las ocho de la mañana hasta el mediodía, como un director de orquesta, comanda a los dos cocineros y cinco ayudantes que se necesitan para alimentar a todos a bordo. Se pelan papas, se cortan cebollas y carnes; la labor se facilita con las ollas industriales, para que todo esté a tiempo. Arriba de ellos, también el parlante sigue reproduciendo las órdenes todo el día.

El oficial de mar segundo Rommel Fung trabajando en altamar.

Otros oficios
“Todos hacemos dos o tres funciones cuando estamos en alta mar”, me explica César Robles. Lleva 17 de sus 23 años en la Marina como peluquero. Desde hace cinco está “embarcado”. Me lo encuentro en la cubierta vestido de rojo. Los parlantes han dicho: “¡Zafarrancho de operación con helicóptero!”, y una de las funciones de Robles es ser parte del equipo de auxilio por si se presenta una eventualidad en los helicópteros que aterrizan por el lado de la popa. Luego, cuando termina su turno, tiene también horarios fijos para cortar el cabello a todos, desde el oficial de más alto rango hasta el grumete recién llegado.

El oficial de mar segundo Rommel Fung Borda trabaja en otro extremo de estos laberintos dominados por escotillas, cientos de cables, tubos y luces amarillas. Es el único encargado de poner 'tiza' la ropa de toda la dotación. Me dice que sí, que él también cumple otras labores en las maniobras militares. Por mientras, tiene sus horarios y sus días para recoger la ropa y luego se pone a planchar. Esa tarea la repite en alta mar de lunes a viernes.

Sin estas actividades, el trabajo en alta mar de los militares tampoco podría llegar a buen puerto. O como dice el técnico supervisor de fragata Carlos Merma, quien con seis años es el más antiguo de esta unidad naval, la vida de los marinos es alejada de tierra y la familia. A veces se navega por uno o dos meses; entonces, hay que hacer guardias, reunirse en los casinos de técnicos y oficiales, ver películas en devedés, escuchar música y luego descansar para volver fresco a la siguiente guardia. En el barco, ellos son “una familia naval”.

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José Vadillo Vila
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