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Baldazos y yunzas


Desde el siglo XVIII se intenta controlar los carnavales. Y los cortamontes son una tradición andina ya enraizada en Lima. (*)

Escribe: José Vadillo Vila

Ahora que todo es light, el mundo es prohibitivo y parece un lugar más aburrido. Si hablamos de los carnavales en Lima, desde el siglo XVIII ya se estaba tratando de prohibir esa costumbre de tirar baldazos de agua y harina, como una forma un poco salvaje de decir, eh, aquí, estoy vivo y festejo.

Primero fue la Iglesia católica. En 1743, la apostólica y romana dijo que mandaría excomulgar a todo aquel que continuara mofándose usando los trajes eclesiales durante estas fiestas donde el alma se relaja un poco para seguir adelante el resto del calendario anual. Y 37 años más tarde, en 1780, el virrey José Manuel de Guirior prohibía el juego del carnaval, aunque, valgan verdades, muy pocos hicieron caso.

Luego, a meses de la naciente república, el marqués de Torre Tagle luchó contra esta “bárbara costumbre” y amenazó con 30 días punitivos en la cárcel para quienes arrojaran agua durante los días de carnaval a los transeúntes.

La costumbre continuó impertérrita y era parte del espíritu de la ciudad. “Ningún año cesaba el carnaval sin que el cementerio recibiera algunas de sus víctimas”, escribió ‘El Murciélago’, Manuel Atanasio Fuentes. El viajero y novelista alemán Friedrich Gerstäcker llegó a Lima en 1860 y quedó boquiabierto con esos combates donde valía todo: baldes, jeringas, huevos rellenos, pinturas, mientras el Ño Carnavalón era llevado a las inmediaciones de la Plaza de Toros de Acho para ser enterrado.

Durante los tres días de carnaval la jerarquía social y la discriminación social en Lima se rompía, se daba una licencia que permitía que en los barrios populares, como el Bajo el Puente, hoy Rímac, los negros metieran sin remordimientos en las acequias a todo aquel que no pagaba el “rescate”; y las mujeres no se quedaban atrás: sin remilgos echaban su baldazo de agua a las llamadas “personas de bien”.

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Una derrota importante la propinó el presidente Manuel Prado en 1959, cuando, frente a los niveles de violencia que había adquirido la fiesta, decretó que se baje de tres a un día el carnaval, y solo se celebre en domingo.

Sin embargo, aún sigue vigente el celebrar carnavales tirando baldazos y bazucas de agua, aunque la intensidad ha bajado y ya no es permitido, por ejemplo, echarle baldazos de agua (limpia y la de color puerta) a los omnibuses. Porque la fiesta va de la mano con el despilfarro de agua, que esta ciudad que nació con sed y garganta seca en medio del arenal, reclama.

Sedapal dijo que el año pasado se derrochó en el carnaval 120,000 metros cúbicos de agua, cantidad para llenar 30 piscinas olímpicas. Y ahora el distrito chalaco de Carmen de la Legua prohibió utilizar en la vía pública piscinas portátiles o pozas de agua, so pretexto de evitar la transmisión del virus chikungunya. Y a quien no acate se le quitará la piscina.

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Las yunzas o cortamontes se instalaron el siglo pasado con todo su esplendor provinciano en los locales que los inmigrantes provincianos hicieron suyos. Talcos, matacholas, serpentinas, huainos, carnavales, comparsas, le han dado un color más nacional a la ciudad, que por entonces solo celebraba el carnaval a baldazos o en las fiestas que todavía organizaba la clase alta limeña.


Las tradiciones más fuertes del carnaval son las de Ayacucho y Cajamarca, pero hay de todas las provincias. Y ya por razones que tienen que ver con la ecología, aquí también se ha propuesto un estate quieto. Por ejemplo el distrito de El Agustino ya anunció que impondrá multas de 3,900 soles a los organizadores de las yunzas, pues ponen en riesgo la tranquilidad y seguridad de los vecinos. Los carnavaleros ahora buscarán nuevas formas para llevar su alegría sin problemas al tercer milenio. 

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José Vadillo Vila
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