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Arte enrejado



El poder de la arcilla. Dentro de la prisión, no todos los internos reinciden en el crimen. Varios apuestan por cambiar los malos pasos. Algunos de ellos han encontrado en la cerámica una forma sana de ganar dinero y utilizar mejor su abundante tiempo libre. (*)

Escribe: José Vadillo Vila
Fotos: Marco del Río

Cada fin de año, los japoneses destruyen ekekos. Les hacen fumar cigarrillos, dos veces por semana y a lo largo de doce meses, para que la figurilla bigotuda y regordeta cumpla sus deseos. Es una tradición que aprendieron de los migrantes del Perú y Bolivia. Otros dicen que una turista japonesa la trajo del Altiplano, le funcionó, la difundió. Así se transculturó esta tradición de los Andes al país del Sol Naciente. Los japoneses los destruyen, los entierran, para recibir otros ekekos y empezar un nuevo ciclo de petitorios.

En Lurigancho, el penal más hacinado del Perú, se producen parte de los ekekos que los nipones regalarán este fin de año. En "Luri", como se le conoce, hay una población de más de 8,800 internos, además de casi 400 reclusos "adicionales" que por unos días llegan siempre desde otros centros penitenciarios para sus procesos judiciales.

De este universo, más de 800 internos son ceramistas. Desde hace dos años, ellos han elaborado más de 25 mil ekekos para el país del Sol Naciente. El señor Uribe, que ha sido empresario pesquero y hoy cumple condena, asegura que en el mercado japonés hay una demanda por más de un millón y medio de ekekos. Y que ellos, los internos que forman la Asociación de Pequeños y Microempresarios en Prisión Padre Hubert Lanssiers (Apemephl), que apuesta por la no violencia y funciona desde el año pasado, quieren satisfacer esta demanda. También han exportado, gracias al contacto con una empresaria, tazas de motivos peruanos a la China.

Como el señor Uribe, más del 90 por ciento de los artesanos ceramistas de los talleres al interior del penal de Lurigancho, empezaron tras las rejas a enamorarse y trabajar con el barro. Aprendieron a llenar los moldes, a que el barro se queme en los hornos, a usar pinceles para pintarlos. Si no hubieran encontrado los talleres de cerámica, sólo se dedicarían a vagabundear dentro del penal, me dice Uribe acomodándose los lentes, como muchos que parecen andar sin destino entre los pabellones, con tantas horas libres tras los barrotes.

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Desde hace dos años, ellos han elaborado más de 25 mil ekekos para el país del Sol Naciente. El señor Uribe, que ha sido empresario pesquero y hoy cumple condena, asegura que en el mercado japonés hay una demanda por más de un millón y medio de ekekos.

Luri es una parodia de Lima. Tiene su "jirón de la Unión", cómo no. La oficina del Apemephl queda frente a la "plaza de armas" del penal. Ahí funciona, desde hace cuatro meses, el bazar. Las cerámicas, los pinceles, las pinturas, las resinas, todo llega con factura, desde el mayorista, la asociación sólo les cobra un sobreprecio de 50 céntimos por movilidad. A los presos más pobres se les fía, pero no se les regala, para que cuando vendan sus productos, devuelvan y la rueda siga girando y comprar más toneladas de productos.

Hoy las cosas tienen más orden en el penal. Dicen que empezó a mejorar desde que llegó el coronel Tomás Garay -famoso por hacer rasurar a presos que estaban con liendres y piojos-, y empezó a romper muchas mafias. A punta de requisas, ha impuesto el orden que se necesitaba dentro del penal: Ya no ingresan las cajas de cervezas, y se sacrificó a los gallos de pelea que cohabitaban en los 22 pabellones del reclusorio. En el camino, en los descampados ahora trabajan un grupo de presos haciendo labores de agricultura (ya han cosechado zapallos). Tratan de ser útiles, de sobrevivir dentro de los cánones de la ley.

Carlos Álvarez Osorio, responsable de la asociación "Dignidad Humana y Solidaridad", que fundara el sacerdote belga Lanssiers y que apoya el trabajo de la Apemephl, cuenta que antes, los internos tenían que pagar sobreprecios, coimas al personal del INPE para trabajar con la cerámica, para hacer algo. Hoy el trabajo es estrecho con la PNP y el INPE, y se ha logrado que las cosas sean más transparentes.

También acaban de inaugurar ahí una librería donde funciona una fotocopiadora. Antes también había corrupción porque se tenía que pagar la copia y el "pasaje" al personal para que les saquen una copia de documentos de sus procesos judiciales en la calle. Ahora las sacan directamente acá. Hay un proyecto, cuenta Álvarez, para que en el local de la Apemephl funcione el Banco de la Esperanza, que permita a los internos ahorrar para que al salir de su "estadía" lo hagan con algo de dinero, y también para que les permita progresar con las pequeñas empresas les enseñan a formar aquí, dentro de la prisión.

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Vamos hacia el 19-A. Es el pabellón industrial, un área de mil metros cuadrados, donde Álvarez empezó a trabajar con los presos en la cerámica desde 2007, luego de la muerte del padre Lanssiers (1929-2006). Al que se droga o bebe en el taller, lo botan. Es la regla de oro al interior del pabellón, donde muchos hombres están trabajando en las diversas especialidades que se da en el manejo de la arcilla. Cuando ellos llegaron, para usar el pabellón, los presos debían de pagar a otro preso. Rápidamente se pudo romper esa mafia.

Los internos cuidan mucho los equipos, los hornos, desarrollan una gran empatía con la cerámica. Como si moldear la cerámica, esperar que salgan los "bizcochos", de los hornos, pintarlos, además de darle una oportunidad económica les hiciera meditar sobre su vida.

Elvio Ramírez explica que se cuenta con una administración, y que los internos elegirán este mes a sus pares que estarán a cargo de la administración de los próximos doce meses del pabellón industrial. La organización les permite la continuidad. "Aquí sólo venimos a trabajar, al que toma se le bota", enfatiza.

Este año, desde aquí, se exportaron 5,000 ekekos para el mercado japonés, que una empresaria les manda a hacer. Hay días, cuando están la campaña es fuerte, que no sólo trabajan de 6 a 9 de la noche, sino que se quedan toda la noche, encerrados, trabajando. Todo coordinado con las autoridades, claro.

Los cambios se notan. Los propios presos con sus ganancias, han arreglado el baño, le han puesto losetas. No es la imagen que la televisión le da a uno de Luri. Cuenta con 12 hornos, de los cuales dos los puso el INPE y 10 la asociación "Dignidad Humana y Solidaridad", gracias al apoyo de instituciones como las embajadas de Holanda, Bélgica, España, y Caritas de Ginebra, entre otros.

Los talleres de cerámica ocupan casi todo el espacio en el 19A, suenan las máquinas, la música, trabajando cada grupo en sus talleres, terminando la campaña navideña. Hay cerámica utilitaria y también la de adornos. Los creativos, que desarrollan su propio estilo, y los que ayudan a la producción en serie. Y los que hacen moldes, como el interno Yañez, son los más "buscaditos" en todo el penal, porque ya algunos de ellos son empresarios y tienen sus contactos, hacen trabajos como tazas navideñas, para colegios y empresas.

También en el 19A hay un centro de educación técnica productiva (Cetpro) con un taller de confecciones. Uno de los grupos, lo coordina Felipe, un interno quien cuando era libre había trabajado en la confección de ropas de mascota, y ahora, desde la prisión, ha retomado el hilo con el rubro y junto a cinco presos elaboran pedidos de trajes de Navidad y Año Nuevo para los engreídos del hogar.

El escultor Justino Valencia recuerda que todo empezó en el penal Castro Castro, en 1994, cuando el padre Lanssiers creó el primer horno y taller de cerámica. Allí conocieron a Blas Bustamante, un cusqueño hijo de ceramistas que quería enseñar a hacer cerámicas, el director del penal aceptó la iniciativa y se construyó el primer horno, que sólo medía 20 por 20 centímetros. Hoy algunos de los exreclusos dirigen sus propias empresas y todos los pabellones del Castro Castro tienen sus hornos.

"Es curioso, pero los reos no han cuidado los materiales de otros talleres, tanto como lo hacen con la cerámica", recuerda Carlos Álvarez, quien como Lanssiers, también es muy respetado por los presos (en los más de 20 años que lleva visitando las cárceles del país ha ayudado a calmar las aguas de cuatro motines carcelarios). Hoy, la asociación fundada por el padre Lanssiers tiene hornos de cerámica en los pabellones de los penales de 13 penales de todo el Perú.

Pero el pabellón industrial no se da abasto para todos los presos. En el pabellón 20 la asociación fundada por el padre Lanssiers ha puesto recientemente 4 hornos industriales, que cocinan los trabajos en dos horas menos que los hornos eléctricos. Funciona a gas y los propios presos deben de ser responsables: parte de las ganancias van para pagar el gas que usan. Uno de los presos encargados del taller de cerámica del 20 es el "Inka Misterioso", un puneño muy hábil que aquí, dentro de Luri, empezó a perfeccionarse en la escultura de estos personajes incaicos, que tienen mucha demanda y va enseñando a otros reos,. También funcionan telares, y un taller de inglés y computación, tal vez el primero de su género a nivel de los recintos carcelarios en el país. Es la otra cara de quienes purgan condena, aprovechar su tiempo y cambiar para siempre su vida anterior.


APUNTE:
Los trabajos de los internos participan, desde hace 15 años de la exposición-venta "Libertad para crear"-Arte y esperanza 2012, que este año se realizó en la Galería ICPNA de Miraflores, en Lima.

(*) Publicado el viernes 21 de diciembre de 2012 en el suplemento Variedades del diario oficial El Peruano. 

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