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Magos y regalos por el Niño


Escribe: José Vadillo Vila

La culpa la tiene San Mateo. En su evangelio aparecen mencionados los tres Reyes Magos, quienes –astrólogos, al fin y al cabo– siguiendo a la estrella de Oriente, llegaron hasta el humilde pesebre de Belén donde a María “le dio el tiempo del parto” (dixit San Lucas) y alumbrado al Niño Dios entre un buey y un asno, para más señas.

“Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’”. (Mt. 2, 1-2)

Apuntes católicos

Hagamos el acápite. En el capítulo IV de su libro La infancia de Jesús (2012), el papa en retiro, Benedicto XVI, abre la posibilidad de “que la proveniencia de estos hombres hasta el extremo Occidente (Tarsis-Tartesos en España), pero la tradición ha desarrollado ulteriormente este anuncio de la universalidad de los reinos de aquellos soberanos, interpretándolos como reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa. El rey de color aparece siempre: en el reino de Jesucristo no hay distinción por la raza o el origen. En él y por él, la humanidad está unida sin perder la riqueza de la variedad.”

“Queda la idea decisiva” –dice el santo padre número 265 de la Iglesia romana y teólogo alemán– “los sabios de Oriente son un inicio, representan a la humanidad cuando emprende el camino hacia Cristo, inaugurando una procesión que recorre toda la historia. No representan únicamente a las personas que han encontrado ya la vía que conduce hasta Cristo. Representan el anhelo interior del espíritu humano, la marcha de las religiones y de la razón humana al encuentro de Cristo.”

Y la tradición católica marca el calendario el 6 de enero como la fecha de esta epifanía, cuando Melchor, Gaspar y Baltasar, bajaron de sus artiodáctilos y ofrecieron al churumbel oro, incienso y mirra, respectivamente. Se la bautizó como ‘Bajada de Reyes’. Y su relación con la entrega de juguetes se dio desde finales del siglo XIX. Todavía en países como España, se entregan los obsequios el 6 de enero, pero aquí, en tierras de los incas, el márquetin navideño que encabeza el barbiespeso Santa Claus, ha hecho que regalos sean sinónimo de 25 de diciembre. 

Grandes celebraciones

En el caso peruano, decíamos, la epifanía de los tres Reyes Magos formó parte de los calendarios festivos hasta los tiempos del primer gobierno de Fernando Belaunde Terry (1963-1968). La celebración era larga y lo común era que la gente se amaneciera, so pretexto de la adoración de los reyes al Jesús en pañales.

Hacia el año 1900, la efeméride católica ya era sinónimo de jolgorio. Niko Cisneros recordaba en un artículo aparecido en el diario La Crónica, de 1962, que desde inicios del XX, estas fiestas limeñas corolario de las celebraciones navideñas, tenían de fe, aderezadas con picaresca criolla y recaudación probolsillo.

Porque la fecha dejaba a la familia organizadora utilidades económicas. No era raro que para tal fin se alquilara de algún vecino imágenes del Niño Jesús, San José y la virgen María; que las guitarras amenizaran la celebración mientras el aguardiente ‘Motocachi’ circulaba hasta que la noche se volvía día, entre los visitantes y padrinos que dejaban sus monedas.

La masividad tocó también esta celebración y pasó de los espacios familiares al foro público. Los registros fotográficos hablan de la década de 1950 como el momento cumbre de los grandes desfiles de las “Caravanas de Reyes Magos” que en la víspera al 6 de enero recorrían el Centro de Lima y Magdalena del Mar.

Hablamos de carros alegóricos donde brillaban las estrellas de radioteatro, donde cada rey cambiaba dromedarios por bólidos de cuatro ruedas. Sus carros alegóricos se confundían con momentos bíblicos y carros con personajes de fantasía diversas, como hadas, “encarnadas por preciosas damitas de nuestros círculos sociales”.

Esas caravanas eran aplaudidas por grandes y pequeños boquiabiertos. Se calcula que un cuarto de millón de personas observaba in situ el desarrollo del evento. 

¡Una libra por mi rey!

Como oro, incienso y mirra no son bienes en abundancia y la verdad no interesan a los chicos, los Reyes Magos se multiplicaban por las entidades públicas sociales, digo los asilos, hospitales, y llevaban desde golosinas hasta frutas, ropas, pastas de dientes, cepillos, verbigracia. La cosa era dar alegrías. Los juguetes (gracias también a la llegada de productos baratos made in China, algunos prefieren llamar la democratización de los juguetes) desplazaron a todos los anteriores.

Lola Gálvez reseña en una columna aparecida en el diario La Tercera, en enero de 1988. Dice: “La fiesta consistía en que se señalaba a un padrino para cada rey, desde días anteriores a la fecha. Y cada uno de estos caballeros era rumboso en la limosna o dádiva con que correspondía a la distinción de que eran objeto. El Primero casi siempre daba una libra de oro, el segundo doblaba la suma, y el tercero, que era la bajada del rey negro, triplicaba la suma, lo que daba lugar a aspavientos y gritos de alegría, porque según los dueños del Nacimiento era para aumentar los adornos del Niño Dios para el año siguiente, pero en realidad solo era pretexto para recaudar fuertes sumas con que esquilmaban a los ‘distinguidos padrinos’.”

Colofón

Un dato para la controversia puede darse a la relación de Melchor, Gaspar y Baltasar con sus representaciones en versión 3D por miembros de la Policía Nacional.

De acuerdo con un artículo aparecido este milenio, a partir del año 1988 tres miembros de la Policía Montada se encargan de salir espoleando a sus equinos y a plena luz del día, desde las caballerizas del Potao, distrito del Rímac, hasta el Palacio Municipal de Lima, para saludar y llevar regalos, celebrando la donosura del Niño Dios.

Publicado en el Diario Oficial El Peruano: domino 8 de enero de 2017. 

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José Vadillo Vila
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